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¿Valemos lo que rendimos? Autoexigencia y salud.

Foto del escritor: Alejandro B. B.
Alejandro B. B.
14 sept
3 min de lectura

¿Valemos lo que rendimos? Autoexigencia y salud.
¿Valemos lo que rendimos? Autoexigencia y salud.

Autoexigencia...


En los tiempos que corren, donde se valora el rendimiento, la alegría, la productividad ---y se rechaza el error, el sufrimiento, el descanso---, muchas personas, tanto en su trayectoria profesional como en su día a día, son presas de una exigencia tremenda. Comienza sin darnos cuenta, normalmente desde pequeños: interiorizamos la idea de que nuestro valor, nuestra tranquilidad e incluso nuestro derecho a descansar dependen exclusivamente de cumplir con nuestras obligaciones, de cuántas cosas saquemos adelante o de lo impecables que sean los resultados.


Si te reconoces en esta dinámica, seguro que te suena la sensación de terminar una jornada de trabajo o un día cargado de responsabilidades y, en lugar de sentir alivio, experimentar la punzada de pensar que "podrías haber hecho más" o que "no ha sido suficiente".



La trampa de lo inalcanzable


El problema de vivir bajo una vara de medir tan dura es que la línea de meta nunca se queda quieta. Cuando alcanzamos un objetivo complejo, resolvemos un imprevisto o nos encargamos de todo y todos los que rodean, no es suficiente; simplemente el listón asciende.


Esto genera un estado de tensión sostenida donde se instalan dinámicas muy concretas:


  • El descanso se convierte en culpa: No podemos parar sin sentir que estamos perdiendo el tiempo o descuidando algo importante.

  • El error se vive como algo especialmente doloroso: Cualquier imprevisto, fallo menor o retraso no se puede experimentar como algo inevitable y comprensible, sino como una herida directa en nuestra competencia o valía personal.

  • La exigencia asfixia el disfrute: Incluso cuando las cosas van bien, no podemos evitar estar pendientes de mantener el nivel de desempeño al que se aspira, las obligaciones que puedan surgir o el miedo a que todo se tuerza.



El coste invisible ---y no tan invisible--- en el día a día


Esta forma de funcionar no solo pasa factura a nivel psicológico, generando un desgaste paulatino que podría confundirse con estrés transitorio, sino que altera la forma en que nos sentimos, estamos y nos relacionamos con lo que nos rodea, incluyendo nosotros mismos. Cuando estamos permanentemente enfocados en rendir y cumplir, uno se desconecta progresivamente de otras de sus necesidades.


El cuerpo, antes o después, acusa esa tensión, aparecen cansancio, angustia y/o síntomas depresivos. Y en algunas ocasiones, se proyecta esa misma exigencia hacia fuera, esperando de los demás lo que uno espera de sí mismo. Esto puede terminar generando fricciones complejas en en el trabajo o la vida personal y familiar.



Empezar a permitirnos


Aprender a funcionar de otra manera no significa renunciar a hacer las cosas "bien" ni volverse descuidado. Se trata de entender y elaborar que no poder permitirse cierto margen de error, descanso o torpeza implica negar partes de nosotros que sienten y necesitan otras cosas.


Hay que pensar y atender a esas partes.


Poder sostener que las cosas salgan "bien" ---sin necesidad de que sean perfectas--- y a su vez aceptar que un día regular, una complicación, un fallo o incluso un error grave no nos definen como profesionales ni como personas requiere plantearse y entender, primero, qué función cumple esa exigencia, cuándo y cómo se instauró. Posteriormente, podremos reparar nuestro modo de vincularnos, de tal manera que se pueda experimentar que esa exigencia no es necesaria; que lo que somos y valemos puede depender de otros aspectos. Ser más amables con nosotros. Esto requiere tiempo y trabajo, pero puede lograrse y se logra en el espacio terapéutico.

 
 
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