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Terapia relacional de pareja: cuando el problema está entre nosotros

Foto del escritor: Alejandro B. B.
Alejandro B. B.
4 sept
5 min de lectura
Terapia de pareja

Cuando una pareja atraviesa un momento difícil, es frecuente que cada persona llegue a la consulta con una explicación sobre lo que está ocurriendo.


“Ya no me escucha.”


“Siempre acabamos discutiendo por lo mismo.”


“Por más que intento acercarme, se distancia.”


“No puedo confiar en él.”


“Ella nunca está satisfecha con nada de lo que hago.”


Cada uno puede tener buenas razones para sentirse herido, enfadado, decepcionado o solo. Y, sin embargo, desde una perspectiva relacional, hay una pregunta que puede abrir una mirada diferente:


¿Qué está ocurriendo entre nosotros?


Esta pregunta no busca repartir responsabilidades ni decidir quién tiene razón. Busca comprender cómo se ha ido construyendo la relación y qué dinámica se pone en marcha cuando ambos intentan acercarse, protegerse, defenderse o sentirse reconocidos.



La pareja como un sistema de relaciones


Desde una perspectiva relacional, no entendemos a la persona de manera aislada. Nuestra forma de sentirnos, de interpretar lo que sucede y de relacionarnos con los demás se construye, en buena medida, en el contexto de nuestros vínculos.


La pareja es uno de esos espacios privilegiados.


En ella aparecen necesidades muy profundas: sentirnos queridos, reconocidos, importantes para el otro, seguros, libres y, al mismo tiempo, conectados.


Por eso las dificultades de pareja pueden movilizar emociones especialmente intensas. Una discusión aparentemente cotidiana puede activar sentimientos mucho más profundos: miedo a ser abandonado, sensación de no ser suficiente, temor a perder al otro, necesidad de control, vergüenza, soledad o sensación de no ser visto.


A veces, aquello que comienza como una diferencia concreta —el reparto de tareas, el tiempo compartido, la sexualidad, la educación de los hijos o la relación con las familias de origen— termina convirtiéndose en una experiencia repetida de “tú contra mí”.


Y es ahí donde la mirada relacional resulta especialmente útil.



Del “quién tiene la culpa” al “qué nos está pasando”


Cuando una pareja lleva tiempo sufriendo, es habitual que ambos hayan construido una especie de expediente sobre el otro.


Uno recuerda todas las veces que el otro se ha mostrado distante.


El otro recuerda todas las ocasiones en las que se ha sentido criticado.


Cada uno puede llegar a la conclusión de que el problema está fundamentalmente en el otro.

Pero muchas veces la relación funciona de una manera más compleja.


Por ejemplo, una persona puede sentirse insegura y buscar constantemente confirmación y cercanía. La otra puede sentirse presionada por esas demandas y responder tomando distancia. Esa distancia aumenta la inseguridad de la primera persona, que entonces busca todavía más contacto. La segunda se siente todavía más agobiada y se distancia aún más.


Se crea así un círculo que puede repetirse una y otra vez.


Cuanto más persigue uno, más se distancia el otro; cuanto más se distancia uno, más persigue el otro.


Con el tiempo, ambos pueden terminar convencidos de que el problema es una característica personal de su pareja: “es demasiado dependiente” o “es demasiado frío”.


Sin embargo, desde una mirada relacional podemos observar algo diferente: se ha creado un patrón de interacción en el que ambos participan y que, a su vez, influye en ambos.


Esto no significa que ambos tengan la misma responsabilidad en todo lo que ocurre. Significa que necesitamos comprender la dinámica para poder transformarla.



¿Qué hacemos en una terapia relacional de pareja?


La terapia relacional no consiste simplemente en enseñar a una pareja a comunicarse mejor.

La comunicación es importante, pero antes necesitamos comprender qué hay detrás de determinadas conversaciones, discusiones y silencios.


En terapia podemos explorar preguntas como:

  • ¿Qué ocurre justo antes de que aparezca una discusión?

  • ¿Qué necesita cada uno en esos momentos?

  • ¿Qué siente cada persona y qué le resulta difícil expresar?

  • ¿Qué interpreta cada uno de las acciones del otro?

  • ¿Qué patrones se repiten una y otra vez?

  • ¿Cómo intenta cada uno protegerse cuando se siente herido?

  • ¿Qué experiencias anteriores pueden estar influyendo en la relación actual?

  • ¿Qué ocurre cuando uno intenta acercarse y el otro necesita protegerse tomando distancia?

  • ¿Qué necesita la relación para convertirse en un lugar más seguro para ambos?


El objetivo no es encontrar un culpable.


Es hacer visible aquello que hasta ese momento estaba ocurriendo de manera automática.


Cuando una pareja puede empezar a reconocer su patrón —“cuando yo siento que no te importo, te reclamo; cuando tú sientes que te reclamo, te cierras; cuando te cierras, yo me siento todavía más abandonada”— aparece una posibilidad diferente.


Ya no se trata solamente de “tú haces esto”.


Empieza a aparecer un “esto es lo que nos ocurre”.


Y ese cambio puede ser muy significativo.



Detrás del conflicto suele haber algo que importa


En muchas parejas, el conflicto no es simplemente un obstáculo que hay que eliminar.


A veces el conflicto señala algo importante que necesita ser escuchado.


Detrás de la rabia puede haber dolor.


Detrás de la crítica puede haber una necesidad de reconocimiento.


Detrás del control puede haber miedo.


Detrás del silencio puede haber una sensación de impotencia.


Detrás de la distancia puede existir el deseo de no volver a sentirse herido.


Esto no significa justificar comportamientos dañinos. Comprender no equivale a aprobar. La terapia también permite poner límites, reconocer responsabilidades y abordar dinámicas que pueden resultar destructivas.


Pero comprender qué función cumple una determinada respuesta dentro de la relación puede abrir un camino que la acusación difícilmente permite.



La pareja también puede convertirse en un lugar de cambio


Una de las ideas fundamentales de la perspectiva relacional es que nuestras dificultades no se comprenden completamente fuera de los vínculos en los que aparecen.


Y esto también significa que los vínculos pueden convertirse en espacios de transformación.

Una pareja no necesita aprender únicamente a discutir menos. Puede necesitar aprender a reconocerse de otra manera.


A veces será necesario recuperar la capacidad de expresar vulnerabilidad.


Otras veces, aprender a poner límites sin atacar.


En ocasiones habrá que reconstruir la confianza después de una ruptura, una infidelidad o un periodo prolongado de desconexión.


Y otras veces el trabajo terapéutico consistirá en poder tomar una decisión sobre la continuidad de la relación desde un lugar más consciente y menos dominado por el conflicto.


La terapia relacional no parte de una idea preconcebida de cómo debería ser una pareja.


Parte de la necesidad de comprender qué está sucediendo en esa relación concreta y qué necesitan las personas que la forman.



Mirar la relación de otra manera


Cuando una pareja llega a terapia, normalmente existe ya mucho cansancio.


Quizá llevan meses o años intentando solucionar el mismo problema. Han hablado, discutido, hecho promesas, cambiado temporalmente algunas conductas y vuelto a encontrarse con la misma dificultad.


En ese momento puede resultar útil dejar de preguntarse únicamente:

“¿Qué tiene que cambiar el otro?”


y comenzar a explorar:

“¿Qué patrón hemos construido entre los dos y cómo podemos empezar a relacionarnos de una manera diferente?”


No siempre será posible reparar una relación. No todas las parejas tienen que permanecer juntas.

Pero incluso cuando la terapia conduce a una separación, comprender la dinámica relacional puede ayudar a atravesar ese proceso de una manera más consciente, especialmente cuando existen hijos, una historia compartida o vínculos que continuarán después de la ruptura.


La terapia relacional de pareja ofrece, en definitiva, un espacio para detenerse, mirar lo que está ocurriendo entre ambos y tratar de comprenderlo antes de seguir repitiéndolo.


Porque a veces el problema no está solamente en ti.


Ni solamente en mí.


Está en la forma en que hemos aprendido a encontrarnos.


Y precisamente ahí, en ese espacio entre uno y otro, también puede comenzar el cambio.



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